miércoles, 26 de noviembre de 2014

Alfombras agujereadas



Hoy el cielo era una alfombra salvaje.

Sanguinolentas nubes de colores primarios que regaban de todas las variedades del gris la cúpula que nos sustenta.

Hoy la lluvia debía adelantar el prejuico, la medida exacta de las cosas,
pero llovió como a distancias minímas, sin apenas rastro,
y todas las mochilas hinchadas de piedras siguen expandiendo su peso
con lujuria y todas las variedades de la ignorancia común.
Se expande el tiempo,
a borbotones,
pero nos siguen comiendo las canas en el espacio del hueso que destiñe
cuando la finísima tormenta atrae la soledad en una mesa camilla
pero disimula
el calor cercano
de los aquí y los estamos, del modo en que la rueda es 
una certeza de lugares y cosas, más allá del disparo.

Con estricta apariencia de normalidad nos justificamos,
tan aparentemente dignos,
tan llenos de la fina codicia altamente recomendable.

Y el peso, siempre el peso
doblando las rodillas de los años que claudican,
secando la carcoma
de la historia nuestra
y la de los que nos hacen la vida.