lunes, 22 de septiembre de 2014

Las pisadas amarillas


Gira la noria
inexorable y ajena

el sueño nos vence
a patadas de hambre
y de sed corpulenta.

Abolimos la mentira
pero nos mentimos
diferentes y restamos
la escasa lumbre que nos abalanza.

Como horas prescritas
anidamos en casas encaladas
por una luz agónica
y el jugo nocturno
se torna cámara oxidada
con los tendones secos
baldeando superficies
en el fondo de unos ojos
que miran estructuras mal dispuestas.

Sabe el observador
que está siendo mirado.

Hasta las cosas más ausentes
tienen una huella probable.

Sigue su cuenta la ronda
hay una nueva supernova
con la que medir inútil
el amplio vagar de un holograma.

Permanecemos en el dolor
en lo que muta más allá
de un deseo o nada queda
de aquel tiempo.

El regreso a lo intercambiable
la pereza de no querer ser
una sentencia que recoge agua
en una sola dirección palpable
frente a voces de esparto y abrazo surgido

se demora en las fuentes apagadas
en árboles que no vemos
en la luz que amarillea
cuando todo reclama
dureza de sur
y viento en las velas.