lunes, 11 de agosto de 2014

Nuestros muertos




Nuestros muertos
tienen una edad ingrata.
Recordamos
vagamente
su luz preñada de domingo
el tiempo
del abrazo firme y generoso.
Su ausencia
es una daga brillante:
las cuencas oculares
semivacías
sus muecas de casimuertos
en cada recuerdo
el extraño rictus en sus bocas
asaltando el sueño
cuando el deber es madrugar.

Son una carga en el hombro
nuestros muertos
habitantes de un limbo estupefacto
desalentador
y siempre ávido de mordazas.
Activan la senda que parecía perdida
renuevan el pacto de no agresión
con la potencia de sus años libres
y se quedan en el lugar deshabitado
nos hablan como si no hubieran
muerto
nos lastiman y ellos
no lo saben
sacan a pasear nuestra historia
como si fuéramos perros.

No respetan el duelo
forman parte de la vida
aunque no se les llama.
No duermen bien y no dejan
de existir.