miércoles, 20 de agosto de 2014

Hebras de lumbre




No sé qué coño es el bosón de Higgs
pero esta tarde he visto gaviotas limpias
ondear océano desde fronteras invisibles
y he comprendido el significado de la palabra malecón.

Al llegar a la choza me saludan impasibles las gallinas,
sus últimos huevos colaboran en la cena,
revuelto de ajetes y setas, vino de Cadiz
y sandía tan roja como los labios
de la mujer más libre que me ha mirado a los mares
en ambas mareas desnudado.

He caminado por bosques verdes y pueblos blancos,
por dunas, por playas de algas, por piedras antiguas,
mis piernas son una máquina artesana
que llega a los lugares donde se ordena el lenguaje.

Desde el tajo un rumor dice
que han procesado a una infanta triste.
Algo se mueve o es una nube que no alcanza a ser luciérnaga.
Las camareras me sonríen como girasoles alados,
el cuero en sus tobillos agita mediodías.
Hay flores que regresan a los patios
a la misma hora del siempre y la puesta de sol
es aplaudida como al final de una ópera de Puccini.

En el Callejón de la Pena me he encontrado
tres veces con el azar a mis espaldas,
una señal incompleta y un gato que intentaba
escalar una buganvilla de incierto color naranja.
¿Son loros esos del plumaje verde y gritos,
esas aves del paseo genovés molestando a las palomas?
¿Es un drago ese árbol memorable?
Esos pezones anchos y redondos
exquisitos y con peces
frontera de abedules y saudades,
poesía infantil y hasta pronto allí nos vemos
en plaza Venus esquina Columela.

Apuro la copa, el verso se apura
o alarga, el tiempo, apura sus lecciones
en el jardín colonial, en arenas estelares
que el viento agita como agita este poema
que se va desvaneciendo en avalancha.

No intento repetir la luz. Cada día
es una nueva enredadera. El parque
alardea de colores, la tarde
se ha disfrazado para no ser confundida.
En la cama de juncos, escondida en un cajón,
espera la lectura.