jueves, 2 de junio de 2016

Reivindicación de la alegría





Reivindico la alegría sin contexto,
la limpia, inédita, sana alegría del juego
que os está llenando de raíces y gominolas
la tarde de un domingo indefinido.


No creáis las viejas palabras en los muros de la repetición.
 

La soledad es el tiempo
que multiplica su apatía
y hurta el modo y el ser
a pequeños roces
hasta que la llaga expande su soledad por las habitaciones.


Están solos los tiranos,
algunas especies unicelulares de nombre común,
hombres anacrónicos que escalan pequeñas lomas
y tonalidades del gris. La humanidad, así tomada,
en mayúscula consonante muda,
está sola, y sin embargo,
inventa métodos, extensas
variaciones sobre un tema
que todos pretenden dominar.


Pero la alegría no. La alegría es un juego
que habéis creado
a partir del beso y la primavera. La alegría
parte un continente en seis mitades,
es una pelota pinchada
por la hoja coriácea
de una planta carnosa,
dormir sin reloj y pijama de cebra, jugar
a que la alegría no tiene dueño
ni datos
ni resultados.



Os dijeron: tenéis el miedo y los pronósticos,
la macroeconomía
y ciertos psycokillers del amor que se aparecen
e inflan la joroba de los jueves.


Tampoco la alegría es siempre generosa. La veréis.
Buscando amigos en las fotos.
Tanteando un cuerpo que os regala superficie,
intemperie, que asegura que el exilio
puede ser una forma de mutilarse.


Jugad. Seguid jugando.
Yo contribuyo, y con mis manos,
fabrico una pelota con la bolsa grande del súper.
Esta no se pincha. Tampoco bota.
Es transparente a la alegría. La que imagina
corazas de espuma.
La que sueña.