domingo, 14 de julio de 2013

Rosa y Antonio


Antonio está pescando. En este sueño
el mar es negro, negro y transparente,
el mar donde boquean los peces y saludan
a mi padre que ha cumplido 40 años y ya no fuma.

Rosa es diminuta como un pájaro pequeño.
En este sueño su edad es imposible. Está
sobre las rocas enredando sus dedos con un pulpo
mientras el sol es un manto polisario.

La escollera aún no ha sido conquistada por la arena.
Quedan años, figuras humanas de anchuras diversas,
graznidos, extrañas nubes inventando atlas.
Regreso a Antonio. Su capazo repleto de peces.
Los otros pescadores le jalean. El verano
cae en copos de sopor igual que las hojas cuando
duermen su otoño en avenidas y la vida
es un dulce rumor en el que la muerte aún no tiene un nombre
que la distinga de otras palabras. Mi sueño es
una pesada losa de sudor frente al mismo mar
en el que un día sus cenizas serán pedazos
de flores maltrechas jugando al escondite con las corrientes.

Llegaron la comida y la bebida. En el porrón
de vino y casera las lágrimas de agua serpentean
cayendo a plomo como la tarde y los años
que nos contemplan desde el oscuro país
en el que Rosa y Antonio paseaban de la mano
de camino al mercado del pescado, siempre el mismo
camino en dos direcciones distintas y complementarias.

Cuando termina el sueño apenas alcanzo a ver el mar
detrás de las almenas de la planta petroquímica.
Rosa y Antonio son ahora unos desconocidos que practican
un lenguaje extinguido. Sus cuerpos se han dejado
inundar por la maleza. Huele a algas secas en la orilla
de esta madrugada líquida en la que invento un sueño
que me haga recobrar el tiempo mientras a lo lejos
se difuminan las montañas azules, el sol de agosto, el salitre
en la piel, las últimas gaviotas, el mar con sus pequeñas
muescas de plata, saludando a la vida, que nos queda.



1 comentario:

Susana Sanchez dijo...

Es un poema precioso, me ha encantado. Me ha traído muchos recuerdos y me ha emocionado.