La provincia es un muro
a la altura de la boca.
Tengo una intención
y es salvable su latitud
prudente. Es en el sendero
desde el que emigro hasta mi casa
donde encuentro las flores comestibles.
Ciudades como arañas
cinceladas a martillo
y estar aquí tendido a sol abierto
añadiendo gotas al suelo de un vacío
en meses opacos y enemigos.
Luego
con los ojos cerrados y las luces
cerradas. La ventana a medio ojo
de nosotros
tumbados como sin conocernos
sin saber nada del viento
que acontece
llego -tú llegas aun más lejos-
a divisar el fuego entre las ascuas
a quemarme
ya en ti tocando
las blancas espumas que ha esculpido el tiempo.
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