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lunes, 1 de septiembre de 2014

El blues del faro


Tráeme una canción, Leonardo,
para que arda desde las fauces del mar.

Cántame un blues que me lleve despacio
hacia el final del amor.

Llévame el escalofrío,
los ocho segundos que tarda la luz
en vaciarse.

Danzaremos opacos en antigua encrucijada
como torres de vigía superpuestas
y piratas berberiscos encenderán hogueras
en noches vistas desde lejos. 

 

lunes, 25 de agosto de 2014

Suroeste


En algún suroeste de sombra fresca
encontré a la araña paciente
que aspira al trueque como forma de vida.

Es evidente, los senderos no están marcados,
en un adivinar el nombre científico de ciertos árboles
consiste el caminar cercado de naturales atávicos
como la primera vez que viste a una mujer desnuda
y no era mayo sino invierno.

La sed resiste, no se sacia con zumos
o fruta recién ordeñada, la sed tiene unas redes
que precisan rendición o desconcierto.
Encontré piedras desérticas fijamente enclaustradas,
oficio de agua y limpieza,
talismanes que nos miran
con la pasiva aventura de sabernos vivos.

Días que reviven luego
en fantásticos hoteles gastronómicos
de algún pueblo de media montaña
y buenos caldos.

Ladran perros en pedanías antiguas que
abdican, y derrocan al tiempo establecido
en arrozales distintos, en pereza
de árboles y construcciones vitales
que no activan mas allá de la altura de los pinos.

Es un tedio de horas rotas, ojos que convergen horizonte,
de viento frutal y omnipresente.
Dársenas sin culpa, ensenadas veloces, arena
que retorna en bucles repetidos
a la necesaria tarea del mañana. 

 

miércoles, 20 de agosto de 2014

Hebras de lumbre




No sé qué coño es el bosón de Higgs
pero esta tarde he visto gaviotas limpias
ondear océano desde fronteras invisibles
y he comprendido el significado de la palabra malecón.

Al llegar a la choza me saludan impasibles las gallinas,
sus últimos huevos colaboran en la cena,
revuelto de ajetes y setas, vino de Cadiz
y sandía tan roja como los labios
de la mujer más libre que me ha mirado a los mares
en ambas mareas desnudado.

He caminado por bosques verdes y pueblos blancos,
por dunas, por playas de algas, por piedras antiguas,
mis piernas son una máquina artesana
que llega a los lugares donde se ordena el lenguaje.

Desde el tajo un rumor dice
que han procesado a una infanta triste.
Algo se mueve o es una nube que no alcanza a ser luciérnaga.
Las camareras me sonríen como girasoles alados,
el cuero en sus tobillos agita mediodías.
Hay flores que regresan a los patios
a la misma hora del siempre y la puesta de sol
es aplaudida como al final de una ópera de Puccini.

En el Callejón de la Pena me he encontrado
tres veces con el azar a mis espaldas,
una señal incompleta y un gato que intentaba
escalar una buganvilla de incierto color naranja.
¿Son loros esos del plumaje verde y gritos,
esas aves del paseo genovés molestando a las palomas?
¿Es un drago ese árbol memorable?
Esos pezones anchos y redondos
exquisitos y con peces
frontera de abedules y saudades,
poesía infantil y hasta pronto allí nos vemos
en plaza Venus esquina Columela.

Apuro la copa, el verso se apura
o alarga, el tiempo, apura sus lecciones
en el jardín colonial, en arenas estelares
que el viento agita como agita este poema
que se va desvaneciendo en avalancha.

No intento repetir la luz. Cada día
es una nueva enredadera. El parque
alardea de colores, la tarde
se ha disfrazado para no ser confundida.
En la cama de juncos, escondida en un cajón,
espera la lectura.


lunes, 18 de agosto de 2014

Sur


a veces me descuelgo en unos ojos
y como arena en un bosque de pinos balcón de mar
me dejo llevar por un viento sin nombre

un faro en el sur
me señala el camino de regreso
todas las direcciones tienen una gota de sal
sed de sur embebida de colores
hambrientos de sed y de páginas
que den verso a los sentidos

me pierdo
en el polo magnético
mientras recojo una concha trabajada
por años de mar
golpes de mar
iguales y distintos

me llevo tu sur y tu energía ambulante
a mi lugar depósito de rutinas
a las sombras que me cercan
como gaviotas a barcos regresando a puerto. 

 

miércoles, 13 de agosto de 2014

Condicionando (II)


Tendrías que aprender a volar como un ciempiés
sorprendido por sus patas voladoras
en un cuento japonés ilustrado
con antropomórficos insectos.

Debería acampar en el volcán de tu ombligo
sin permisos ni carreras
construir chozas, plantar pinos
abrir cortafuegos hasta el acantilado

y en un descuido
de tan arduas tareas
subir al desván
y desvestirnos.